lunes, 24 de agosto de 2009

LA SOMBRA DEL AYER

La sombra del ayer me habla que fuimos
sol y legumbre para el hambre inquieto,
un dedo en el ahorro fijo y prieto
salvó el ajuar de ropa que vestimos.
Raza con piel de páramo nacimos
y un silbo en la panera dio la alerta
que más allá del monte hubo otra puerta
donde brilló la reja del arado.
Un arroyo bajaba por el prado
regando la hortaliza de la huerta.

Ese ayer descubrió cómo se alcanza
el pan que sabe a beso y la candela
que alumbraba la trébede en la escuela
y el hogar en los días de matanza.
Dos bueyes completaron la labranza
en la alzadera de los marzos secos,
con lluvia del invierno en los chalecos
presumimos de botas puntiagudas,
cierzo y orujo y las patatas viudas
con guindilla y limón, frío en los zuecos.



¿Pobreza? si la hubo fue el acierto
que trajo un convivir afortunado,
copiando la nobleza del ganado
creció la paz como el mejor injerto.
Campanas domingueras por concierto,
y al aire y bajo el son de panderetas
el baile nos curó las agujetas
olvidando el trajín de la semana.
La cara y cruz del sol de otra mañana
supo a jazmín y a ruido de carretas.


El bastón del alcalde dio cobijo,
trabajo y cobertura en los apuros,
que aunque en los bares se fumaba puros
el pueblo un día le adoptó por hijo.
Pasado un tiempo se secó el botijo
de los ilustres cargos de la gloria
y acudíamos, contándonos la historia
de lerdos que embarraban el pasado,
tras las chicas de cántaro pesado
y el lugar del encuentro era la noria.

Que tiempos más felices en aquellos
melodramas de caña de saúco,
en los llorones se escuchaba el cuco
y caía la escarcha en los cabellos.
Manos de azahar cubrieron nuestros cuellos
al beso y la razón que da la vida,
que no pudo ganar mejor partida
al grito de a por él y en él me acampo,
zurrón de mayoral que lleva al campo
la sombra del ayer que nunca olvida.